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| Partimos de algunos términos, estaciones término: trabajo, arte, propaganda, comunismo. Poner en marcha estos términos, lograr que vuelvan a nombrar, a nombrar un hacer (concreto, como la verdad) aquí en la Fundación Straubinger. Nombres que no pueden escribirse sin temblar un poco, alegría temblorosa: Straubinger. ¿Qué nos trae esta palabra? Palabra portadora de una experiencia.
Primeros años del siglo XIX. Los Straubinger son, entre otras cosas, obreros, artesanos, emigrantes, alemanes. Reciben la buena nueva del comunismo, la teoría circula en los talleres, en los pequeños comercios, en las tabernas, está en el aire, camarada, varios días el viento cambia de aire, la cogen al vuelo, la hacen suya, la encarnan.
"Comedores de ideas" que inquietan a Marx y Engels, pues el cumplimiento del ideal comunista depende de un hecho futuro: la Revolución. Y sin embargo, ellos son ya comunistas antes de esa revolución proletaria por advenir. Los Straubinger no esperan, la utopía se resuelve en nosotros: la posibilidad de una sociedad justa, igualitaria, fraterna, en la que no volverán a ser explotados por otros sino que serán libres para decidir qué hacer de sus vidas, libres para la felicidad.
Haciéndose cargo de la teoría, los Straubinger viven ya por una Idea, en una Idea. Y no pueden, además, no propagarla, llenos de júbilo, applause, applause —life is our cause. Viajan a territorios hostiles (al norte del norte: pescado crudo, desiertos de hielo, ojos rasgados) a transmitir esta buena nueva, esta forma de vida que ellos mismos ejemplifican, respiran, hablan, piensan. Trayecto de una emancipación: el comunismo.
Primeros años del siglo XXI. Como niños escapados del colegio, que callejean hasta que se apodera de ellos la tristeza de su absurda libertad. Libertad condicional: tiempo libre que no se afirma en cuanto tal, sino en relación a un tiempo esclavo (del trabajo asalariado, del ocio, de la moda, de la estupidez), a un tiempo sin verdad. Porque aún no ha encontrado su espacio. Ahora sabemos que ese espacio no se encuentra en ninguna parte. Hay que fundarlo. La Fundación Straubinger es un punto de vista, un lugar desde el que mirar el mundo y a la gente que en el mundo está en marcha, o que trata de ponerse en marcha. Una manera de acercarse a otras experiencias, de hacer un trabajo con ellas, de propagarlas.
Mirar como se abren los ojos algunas veces, sólo mirar, sin querer demostrar —capitalizar— nada. Se trata de la dignidad cuando elaboramos nuestras concepciones a partir de los hechos, y no de hacer que entren los hechos mediante un malabarismo en nuestras concepciones, por ingeniosas que sean.
Porque no creemos que otro mundo sea posible, creemos en este mundo. En restablecer un vínculo con su actualidad. Porque captamos lo intolerable cotidianamente: un titular de prensa, una fotografía, una música, una conversación, un gesto, desfile de imágenes en casa y en la calle y en el autobús y en el supermercado que nos afectan, nos conciernen, y que nos paralizan, también. ¿Qué hacer? Esa frase casi terrible de Poussin: "Yo no he desatendido nada". Cómo hacer: sobrepasar nuestras afecciones, tener el descaro de objetivarlas.
Mirar como un extranjero para llegar a ver, decir, decid, ¿qué habéis visto?, a pensar y trabajar en común. Sin armadura pero bien armados. La Fundación Straubinger es un lugar de potencia desde el que devolver el golpe a lo real, interviniendo en lo real.
En la Fundación Straubinger hay una inclinación, una disposición, una simpatía anárquica —sympathos— hacia aquellos que luchan. Hay un contacto con el afuera, la comunidad no está nunca constituida del todo. Buscamos, nos buscan. Y hacemos propaganda de las luchas que encontramos o que nos encuentran. Una propaganda estética: nos relacionamos con las luchas desde el arte, esto es, desde los medios suspendidos, interrumpidos, desde las interrupciones de sentido de la prensa, la televisión, la política profesional, los movimientos sociales, etc. Entre los miembros de la Fundación y los invitados, sólo hay el arte. Discursos escritos, imágenes, historias contadas, elementos fabricados en general: el arte.
La Fundación es entonces una educación estética en primer lugar para sí misma: intentamos crear las mejores condiciones de escucha, de visión, posibles, y partiendo de ellas, organizar un trabajo, una actividad que se interrogue constantemente sobre sus procedimientos, consiguiendo los medios (de producción) para llevarla a cabo.
La Fundación es un espacio de estudio, de investigación. Un espacio sin división del trabajo, una escuela politécnica de aprendices sin maestros. Aprender por ensayo, error, imitación, repetición, a partir de referentes o modelos, como se aprende una lengua materna. Pasar de la obediencia a la confianza en la propia capacidad (probarla, descubrirla), y por tanto, también en la capacidad de los otros. Sin títulos, sin jerarquías, componiéndonos con los deseos, los conocimientos, las iniciativas, y los cuerpos de los demás. La Fundación es una fuerza estética, una política que empieza. Fourier cita como ejemplo de un trabajo no pagado, pero apasionado la construcción de barricadas. Es nuestra barricada, nuestro acto de resistencia, la certeza que nos permite dudar, separar las palabras de las cosas, las imágenes de los discursos que se apoderan de ellas, separar las palabras de las imágenes que funcionan como prueba de su evidencia. Esto no significa hacer una trabajo de vanguardia. Pues no tenemos revolución del proletariado a la vista, ni un programa de estado comunista. Ni siquiera sabemos qué estrategias o tácticas habría que seguir. Sólo tratamos de hacer unas formas libres en relación a una lucha o al gesto de alguien que quiere emanciparse de lo que sea y hacia lo que sea, y que empieza a hacerlo. Y pensamos que en ese gesto está todo, en cierto modo. Que el comunismo no es un asunto de programas, sino de rupturas en el orden de causas y efectos. Tratamos de ver en todas partes palabras, imágenes, formas libres, desencadenadas, despreocupadas, bellas. Y hacemos propaganda de ellas fabricando objetos en serie-para-todos-para-ninguno que las contengan sin reducirlas, sin saber qué efectos tendrán en quienes los miren, pero sabiendo que son palabras, imágenes, formas que no están vistas, que hay que mirarlas.
La Fundación Straubinger es un comienzo y un recomenzar.
Y si la revolución llega, que nos sorprenda (o no) siendo portadores de su experiencia. Una experiencia de la revolución: la revolución de la experiencia. The world fears a new experience more than it fears anything. Que la Fundación sea asaltada, regalada, reapropiada. Incluso incendiada, celebraremos: arde lo que será.
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fundacionstraubinger@gmail.com |
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